La campaña Ladyboys de Valentino empezó a gestarse tres años atrás.

Cuando vi a Kati sobre el escenario de un cabaré en una calle adyacente a la famosa Bangla Street de Phuket quedé fascinado.

Aunque sabía que estaba presenciando un espectáculo de ladyboys, no me podía creer que esa preciosa bailarina hubiera sido antes un hombre. «¡Imposible!», me dije.

Se movía como una mezcla entre una bailarina del Lido de París y una integrante del ballet estatal de Moscú. Su cuerpo era perfecto, con hermosos pechos finamente cubiertos, largas piernas, melena espléndida y ojos resplandecientes bajo la brillante luz del foco. «¿Qué me está pasando», pensé. «¿Cómo es posible que mi mente se deje abrumar por mis ojos y esta ladyboy me seduzca de esta manera? Yo, hetero al 100 % y con una actitud pronunciadamente masculina, estoy perdiendo el control.»

Disfruté del espectáculo con la mirada fascinada, y muchos otros hombres, mujeres o lo que fuera, subieron grácilmente al escenario y me transportaron a otro mundo.

No quería que ese sueño se terminase, así que decidí que quería saber más acerca de este indescriptible encuentro. Armado con el valor que me insuflaron un par de copas más, a la salida del cabaré me dirigí a Kati, le entregué una tarjeta de visita y le dije que me encantaría dedicarle una sesión fotográfica y que no dudara en ponerse en contacto conmigo.

Pero no lo hizo.

Decepcionado, al cabo de un par de días perdí la esperanza de recibir su llamada y me sumergí en todas las demás maravillas que ofrece Tailandia y en concreto Phuket.

Durante los siguientes dos años viajé en repetidas ocasiones a Asia y conocí a personas maravillosas con una enorme hospitalidad, una gastronomía exótica y todo aquello que uno pueda desear en la vida. ¡Tailandia, el país de la sonrisa!

En diciembre de 2013 volví a poner rumbo a Phuket junto con mi familia, huyendo del frío invierno europeo.

Una estupenda fiesta de Año Nuevo 2014, playas magníficas: ¡todo perfecto!

Fue entonces cuando sucedió, durante una velada en Patong.

Mi esperanza frustrada de realizar alguna vez una producción fotográfica con el mundo de las ladyboys, tan ajeno a mí, cobró nueva vida.

Allí estaba ella, ante mí. No Kati, sino otra de estas bellezas. ¿Quién sería esa rubia, en un largo y elegante vestido negro con una abertura en la espalda hasta justo por encima del trasero? Su aspecto despertaba la fantasía de todos los hombres.

¿Qué hago, cómo aprovecho esta oportunidad para que no vuelvan a transcurrir dos años sin que pase nada? Decidido, esta vez sin necesidad de copas, me dirigí a ella con encanto italiano y mucha educación y me presenté. «¡Cherry Ohlala!» se presentó ella. Le expliqué mi proyecto y le di mi tarjeta de visita.

Se despidió y se desvaneció en la oscuridad como sobre una pasarela de prêt-à-porter. Yo permanecí allí, ligeramente embobado, disfrutando de la fragancia dulce y persistente de su perfume, que aún flotaba en el aire.

Pasaron dos días, y de pronto recibí su llamada. «Hola, soy yo, Cherry Ohlala. ¿Te acuerdas de mí?»

Como siempre que un hombre recibe la llamada de una preciosa dama, le respondí: «Pues claro que me acuerdo, bla bla bla …».

La conversación fue viento en popa, concertamos una reunión y le dije: «Si tienes otras amigas ladyboys, tráelas contigo al casting».

El 26 de enero me presenté puntualmente en el lugar del casting en un prestigioso hotel, y esperé en el bar al aire libre situado en la séptima planta.

Estaba impaciente, incluso algo nervioso. ¡Tenía una cita, un casting, con ladyboys!

Entonces vi subir el ascensor acristalado transparente que transportaba a los milagros de la cirugía. Tres top models al estilo de Victoria‘s Secret avanzaron hacia mí en perfecta coreografía.

¿Son tres ángeles y yo soy Charlie?

Entablamos conversación y traté de convencerlas de mi idea de realizar una sesión fotográfica. Me escucharon con actitud muy reservada, casi impenetrable y escéptica.

¡Ajá!, ahí fue donde comprendí lo que ocurría. ¡No se fiaban de mí! En sus cabezas, mi propuesta sonaba como un plan seductor con fines tal vez eróticos o incluso pornográficos. Lo cierto es que no me conocían y, como el 90 % de las mujeres del mundo a quienes se propone una sesión de fotos, creían que se trataba de un burdo truco con intenciones ocultas.

De acuerdo, me dije, es el momento de dar un giro a la situación y explicarles quién eres, a qué te dedicas y que les estoy brindando una oportunidad única de protagonizar como modelos una producción fotográfica para una campaña de belleza. Coloqué mi ordenador portátil sobre la mesa y les revelé mi mundo. Les mostré las producciones que ya habíamos realizado en todo el mundo con las modelos más conocidas, como Karolina Kurkova, Irina Shayk, Linda Evangelista y Chanel Iman de Victoria's Secret, y les expliqué que habíamos trabajado para marcas como Cartier, Mercedes, Rolex o revistas como Vogue, Elle o Interview, entre muchas otras. Les mostré el mundo de las modelos. Llegados a este punto, se rompió el hielo y bajaron la guardia. Ahora comprendían que las veía como mujeres al 100 %, como modelos, que estaba impresionado por su aspecto, por su increíble perfección, y que las respetaba.

Nos pusimos de acuerdo y concertamos la primera jornada de fotografía.

Era el 3 de febrero, mi cumpleaños, el día que había escogido para acometer este proyecto que llevaba tres años madurando. Mi regalo personal de cumpleaños era hacer realidad esta producción fuera de lo habitual. Ahora empezaba el verdadero estrés. En cuestión de días y en un país extraño, debía organizar vestidos, maquilladores, fotógrafos, personal de vídeo, transporte y permisos para las localizaciones de las fotos, entre muchas otras cosas. Invadido por la euforia, durante estos días superé numerosos obstáculos para que todo estuviera a punto el 3 de febrero. Vaya desde aquí mi agradecimiento a Roger Egli, todo un talento todoterreno suizo-tailandés.

A las cinco de la madrugada del 3 de febrero dio comienzo la producción en una zona de camerinos improvisada en un apartamento. Se procedió al estilismo y al maquillaje como si se tratara de un desfile para Milano Pitti. Tocamos, vestimos y peinamos a las ladyboys como a cualquier modelo normal. En ningún momento tuvimos la sensación de no estar tratando con mujeres de nacimiento.

La primera jornada llegó a su fin y todo había transcurrido a la perfección, con total profesionalidad.

Las kathoeys estaban impresionadas por hallarse inmersas en el tipo de producción que suele verse en París, Londres o Miami, y que solo conocían por las revistas de moda y belleza. Nunca habrían imaginado que trabajarían con un equipo de producción tan enorme, integrado por más de 13 profesionales.

Les expresé mi agradecimiento y les dije: «Si tenéis aún más amigas ladyboys, animadlas a ponerse en contacto conmigo». Abandonaron el set despidiéndose con un educado «sawadii kah».

¡INCREÍBLE! Ya al día siguiente me vi desbordado por mails de kathoeys deseosas de participar en la campaña. Se había propagado como un incendio la noticia de que alguien estaba realizando una producción fotográfica de alto nivel con kathoeys. Durante varias semanas, mi agenda estuvo saturada de castings, búsqueda de localizaciones y muchas otras tareas necesarias para llevar a buen puerto esta producción especial.

Hoy puedo echar la vista atrás y constatar que el esfuerzo requerido para realizar esta producción de ensueño y fuera de lo habitual ha merecido absolutamente la pena. Actualmente, catorce ladyboys forman parte de una campaña publicitaria internacional de la firma de cosmética capilar Goldwell. Lo que más me satisface personalmente es haber podido plasmar mi visión de hacer algo distinto.




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